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Tres soles y un río de gas: el extraño lugar donde podrían estar naciendo planetas

Nuevas observaciones de ALMA revelan un enorme flujo de gas que alimenta el disco de GW Orionis y podría explicar su sorprendente estructura.

17 August 2026

A unos 1.300 años luz de la Tierra, en dirección a la constelación de Orión, existe un sistema que hace que nuestro ordenado Sistema Solar parezca casi demasiado sencillo. En GW Orionis no hay una estrella, sino tres. Y alrededor de ellas se extiende un gigantesco disco de gas y polvo dividido en anillos inclinados entre sí, con material suficiente para que en su interior puedan estar naciendo planetas.

Ahora, nuevas observaciones realizadas con el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA), situado en el llano de Chajnantor, en el norte de Chile, han añadido una pieza inesperada al rompecabezas. Los astrónomos han descubierto una enorme corriente de gas que se extiende aproximadamente 12.000 unidades astronómicas y continúa alimentando el disco que rodea a las tres estrellas. Y ese flujo podría ser precisamente el responsable de haber deformado una de las estructuras protoplanetarias más extrañas conocidas hasta ahora.

El nuevo estudio, liderado por Maria Galloway-Sprietsma, presentado este mes de agosto, y que puede consultarse en su prepublicación científica en arXiv, no anuncia el descubrimiento de ningún planeta en GW Orionis. Este matiz es importante. Lo que revela es algo quizá más interesante: cómo un sistema donde podrían formarse planetas continúa recibiendo materia de la nube en la que nació y cómo esa alimentación puede alterar profundamente su arquitectura.

Tres soles para un mismo sistema

GW Orionis es un sistema estelar extraordinariamente joven. Sus tres estrellas se encuentran todavía rodeadas por el material sobrante de su formación, el mismo tipo de gas y polvo a partir del cual pueden acabar construyéndose planetas. Pero aquí prácticamente nada se parece a nuestro Sistema Solar.

Las dos estrellas interiores, GW Ori A y GW Ori B, están separadas aproximadamente por una unidad astronómica, es decir, una distancia comparable a la que existe entre la Tierra y el Sol. Una tercera estrella, GW Ori C, gira alrededor de ambas a unas ocho unidades astronómicas.

Las tres se encuentran rodeadas por un enorme disco protoplanetario. Estos discos son auténticas cunas planetarias: regiones de gas y diminutos granos de polvo donde, con el paso del tiempo, el material puede ir agrupándose hasta construir cuerpos cada vez mayores y, finalmente, planetas.

ALMA lleva años estudiándolos precisamente porque las longitudes de onda milimétricas y submilimétricas permiten penetrar en el polvo que oculta estas regiones y observar tanto su estructura como el movimiento del gas.

Un disco roto en tres enormes anillos

GW Orionis ya había sorprendido a los astrónomos mucho antes de estas nuevas observaciones.

En 2020, dos equipos que utilizaron ALMA revelaron que su disco no formaba una estructura plana y ordenada. Estaba dividido en tres grandes anillos de polvo situados aproximadamente a 46, 185 y 340 unidades astronómicas del centro del sistema. Para hacerse una idea de semejantes dimensiones, Neptuno se encuentra a unas 30 unidades astronómicas del Sol.

Lo más extraño era su orientación. Los tres anillos no se encuentran en el mismo plano. El más interno aparece fuertemente inclinado respecto a los exteriores y a las órbitas de las propias estrellas.

Las imágenes obtenidas con ALMA y con el instrumento SPHERE del Very Large Telescope (VLT) de ESO permitieron incluso observar la sombra que ese anillo interior proyecta sobre el resto del disco y reconstruir su peculiar geometría tridimensional.

Era como encontrar un enorme disco de vinilo alrededor de tres estrellas y descubrir que alguien había partido su parte central y la había colocado torcida.

La gran pregunta era inevitable: ¿qué había provocado semejante desorden?

gw orionis _ALMA_ESOEsta Imagen compuesta, publicada en 2020, combina las observaciones de ALMA y SPHERE realizadas por Stefan Kraus y su equipo. La imagen de ALMA (en azul) muestra la estructura en anillos, donde el anillo más céntrico (en parte visible como un ovoide en el centro de la imagen) está separado del resto del disco. Las observaciones de SPHERE (en rojo y naranja) permitieron a los astrónomos detectar por primera vez la sombra del anillo interno sobre el resto del disco y, de esa forma, reconstituir su forma curva. Créditos: ALMA (ESO/NAOJ/NRAO), ESO/Exeter/Kraus et al

¿Las tres estrellas o un planeta escondido?

Durante los últimos años se han propuesto varias explicaciones.

Una posibilidad es que la propia gravedad de las tres estrellas haya ido deformando y rompiendo el disco. Las estrellas de GW Orionis no orbitan todas exactamente en el mismo plano y sus tirones gravitatorios pueden ejercer fuerzas complejas sobre el material que las rodea.

Pero otro equipo planteó una posibilidad mucho más sugerente: podría existir un planeta masivo todavía no detectado entre los anillos, capaz de abrir un hueco en el polvo y contribuir a separar y desalinear distintas partes del disco.

Si algún día se confirmara un mundo que orbitase alrededor de las tres estrellas, estaríamos ante un caso extraordinario. Pero, hasta ahora, no se ha confirmado ningún planeta que describa una órbita circuntriple alrededor de las tres componentes de GW Orionis. Y material para construirlos no parece faltar.

Las observaciones anteriores de ALMA mostraron que los anillos contienen enormes cantidades de polvo. Solo el interior alberga material equivalente a decenas de masas terrestres, mientras que estimaciones realizadas sobre los tres anillos indican que cada uno posee suficiente polvo para participar en la formación de planetas gigantes.

Pero el nuevo trabajo añade ahora una tercera pieza al misterio.

Un río cósmico de 12.000 unidades astronómicas

Las nuevas observaciones de ALMA han detectado una estructura que no había podido caracterizarse de esta forma hasta ahora: un streamer, una especie de corriente o filamento de gas que conecta el sistema con el material de su entorno.

El equipo lo ha identificado siguiendo emisiones de distintos isótopos de monóxido de carbono, una molécula que los astrónomos utilizan habitualmente para rastrear el movimiento del gas frío...Y sus dimensiones son enormes.

La corriente se extiende aproximadamente 12.000 unidades astronómicas, unas 35 veces más que el radio del anillo exterior conocido de GW Orionis. Los investigadores calculan que contiene una masa equivalente a aproximadamente 1,6 veces la de Júpiter.

El gas no está simplemente flotando cerca del sistema: está cayendo hacia él. Según los modelos desarrollados por los autores, la corriente termina encontrándose con el disco precisamente en su anillo exterior y continúa aportándole material.

La pista está en la inclinación

Aquí aparece el dato que convierte el hallazgo en algo especialmente interesante. El movimiento de esa corriente de gas está alineado con el anillo exterior de GW Orionis con una diferencia de apenas unos tres grados. En cambio, respecto al anillo interior, la diferencia ronda los 32 grados.

Para los investigadores, esa geometría difícilmente puede ignorarse.

El material que continúa llegando desde el exterior podría haber aportado momento angular al disco durante su evolución y haber contribuido a inclinar sus regiones externas. En otras palabras, quizá el disco de GW Orionis no se deformó únicamente desde dentro por la acción de sus tres estrellas o de posibles planetas: parte del desorden podría haber llegado desde fuera.

El estudio propone así que esta corriente es probablemente uno de los motores de la desalineación que observamos actualmente.

No significa que el misterio esté completamente resuelto. La masa y el momento angular que posee actualmente el flujo son menores que los del enorme disco, por lo que los autores consideran probable que estemos observando las últimas etapas de un proceso de alimentación que anteriormente pudo ser mucho más intenso.

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Una estrella que todavía no ha cortado el cordón umbilical

La imagen que emerge (en portada) resulta fascinante. Cuando pensamos en el nacimiento de una estrella solemos imaginar una nube de gas que colapsa, forma una estrella y deja a su alrededor un disco del que posteriormente nacen los planetas. Pero la realidad puede ser bastante menos ordenada.

Las observaciones de GW Orionis sugieren que el sistema todavía mantiene una conexión física con la nube molecular donde nació.

Los datos obtenidos por ALMA muestran emisión de gas que enlaza la corriente con la región de formación estelar circundante. Los investigadores consideran incluso posible que GW Orionis esté capturando parte de ese material mientras se desplaza por su nube natal, mediante un proceso de acreción gravitatoria.

Sería algo parecido a descubrir que una familia estelar que creíamos independizada continúa recibiendo provisiones de la casa de sus padres.

Y esas provisiones pueden tener consecuencias.

Si el gas que llega al sistema posee una orientación diferente a la del material que ya estaba allí, puede cambiar la estructura del disco y, por extensión, las condiciones en las que nacen sus futuros planetas.

¿Hay realmente planetas alrededor de las tres estrellas?

Todavía no lo sabemos.Y merece la pena insistir porque GW Orionis lleva años generando titulares sobre la posibilidad de encontrar el primer planeta conocido que orbite tres estrellas.

Las imágenes de ALMA muestran un disco donde existe material para formar planetas, pero no constituyen una fotografía de esos planetas. Algunas de sus estructuras podrían estar provocadas por mundos en formación; otras pueden explicarse mediante la compleja dinámica gravitatoria de las estrellas y, ahora sabemos, también mediante la llegada de material desde el exterior.

Precisamente ahí reside buena parte de la importancia del nuevo descubrimiento.

Antes de atribuir cada hueco o anillo de un disco protoplanetario a un planeta invisible, los astrónomos necesitan comprender todos los procesos capaces de esculpirlo. Y GW Orionis acaba de proporcionar uno más.

Un laboratorio natural a 1.300 años luz

Nuestro Sistema Solar nació también dentro de una nube de gas y polvo hace unos 4.600 millones de años, pero hoy solo podemos reconstruir aquella historia a partir de las huellas que quedaron.

Sistemas jóvenes como GW Orionis permiten observar procesos parecidos mientras todavía están ocurriendo.

Eso no significa que estemos contemplando una copia de nuestra infancia cósmica. Todo lo contrario: sus tres estrellas, sus enormes anillos inclinados y la corriente de gas que todavía los alimenta muestran hasta qué punto la formación de sistemas planetarios puede seguir caminos radicalmente diferentes al nuestro.

Quizá algún día descubramos planetas entre esos anillos. Y, si existen, probablemente contemplarían un cielo difícil de imaginar desde la Tierra, gobernado por tres soles,  como ya nos demostró la serie de ficción "El problema de los tres cuerpos".

De momento, ALMA ha descubierto algo igualmente revelador: la cuna en la que podrían estar formándose esos mundos todavía no ha terminado de construirse.

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