Vivir el eclipse dos veces: Así lo fotografió Diego Casillas

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Vivir el eclipse dos veces: Así lo fotografió Diego Casillas

El astrofotógrafo de TdE retrató el eclipse entre preparación, improvisación y emoción. Estas son las imágenes que dejó el 12 de agosto.

Hay acontecimientos que se esperan durante años y, cuando finalmente llegan, duran apenas unos minutos. Para Diego Casillas, astrofotógrafo de Turismodeestrellas.com, el eclipse de Sol del 12 de agosto que vivimos desde Brihuega fue uno de ellos. Había cámaras preparadas, objetivos, filtros, parámetros estudiados y horas de tutoriales a la espalda. Pero cuando la Luna terminó por ocultar el Sol, parte de aquella planificación dejó de servir y comenzó la improvisación.

El resultado está en estas imágenes.

Casillas lleva mucho tiempo cámara en mano, "prácticamente toda la vida", y casi una fotografiando el cielo: la Luna, cometas, eclipses lunares, nebulosas y, especialmente, la Vía Láctea, su escenario celeste favorito. Sin embargo, después de contemplar y retratar una totalidad solar, no tiene demasiadas dudas: “De todos los eventos astronómicos que he fotografiado y vivido, creo que este eclipse ha sido el más importante para mí hasta este momento”.

Y quizá haya una frase suya que explique mejor que ninguna otra el sentido de este reportaje: “Los fotógrafos tenemos la suerte de vivir las cosas como mínimo dos veces. Una al tomar la fotografía y otra, a cámara lenta, al editarla”.

Veintisiete años esperando que la Luna tapara el Sol

La historia comenzó mucho antes de 2026. Diego ya había contemplado el eclipse del 11 de agosto de 1999, que desde Extremadura fue parcial. Entonces todavía no se dedicaba a la fotografía astronómica y siguió el fenómeno proyectando la imagen del Sol, obtenida con un pequeño telescopio, sobre una pantalla improvisada.

Aquella experiencia dejó una cuenta pendiente: ver algún día un eclipse total.

Veintisiete años después llegó la oportunidad.

Diego prepara su equipo para el eclipse total de sol de 12 de agosto que vivimos desde Brihuega, Guadalajara / Crédito: Turismodeestrellas.com

La diferencia era que esta vez no quería limitarse a mirar. Quería llevarse el fenómeno a casa.

Para ello utilizó dos cámaras Sony A7 III, una con una distancia focal de 240 mm y otra de 400 mm. Esta última llevaba instalado durante las fases parciales un filtro solar Celestron/Celestech Magnilock ND1000000, destinado a reducir drásticamente la cantidad de radiación que alcanza el objetivo.

El filtro no es un accesorio opcional al fotografiar directamente el Sol durante la parcialidad. Todo buen astrofotógrafo recuerda que las cámaras deben utilizar un filtro solar específico colocado sobre la óptica mientras cualquier parte de la superficie solar permanezca visible; únicamente durante la totalidad, cuando el disco solar queda completamente oculto, se retira para poder registrar la tenue corona.

El primer mordisco

Al comienzo casi todo parece normal. El Sol mantiene prácticamente íntegro su disco, salvo por ese pequeño “mordisco” negro que comienza a avanzar desde uno de sus bordes.

Lo que estamos viendo es sencillamente la silueta de la Luna proyectándose delante del Sol desde nuestra perspectiva. En un eclipse solar, la Luna pasa entre la Tierra y nuestra estrella; durante la fase parcial solo cubre una fracción de su disco.

En esta primera fotografía también pueden distinguirse algunos pequeños puntos oscuros sobre la superficie solar: manchas solares, regiones de la fotosfera algo más frías que su entorno y vinculadas a intensos campos magnéticos.

Para Diego, sin embargo, aquellos primeros minutos tuvieron poco de contemplativos.

Había comenzado con los parámetros que había preparado previamente —f/8, velocidad de 1/500 e ISO 100—, pero la escasa luz que atravesaba el filtro hizo que el autofoco no respondiera como esperaba. Tuvo que recurrir al enfoque manual y reajustar sobre la marcha la exposición.

Nada de lo visto y aprendido para el momento resultó más útil que una simple referencia sobre la que ir improvisando a medida que la luz fuese cambiando”, recuerda.

El Sol se convierte en una media luna

La Luna siguió avanzando y el disco solar comenzó a adelgazar.

A diferencia de los eclipses anulares, en los que el tamaño aparente de la Luna no llega a cubrir completamente al Sol, durante un eclipse total ambos discos presentan desde la Tierra un tamaño aparente suficientemente parecido para que, dentro de la estrecha franja de totalidad, la Luna consiga ocultarlo por completo. Es una consecuencia de una extraordinaria coincidencia geométrica: el diámetro real del Sol es unas 400 veces mayor que el lunar, pero también se encuentra aproximadamente 400 veces más lejos.

Mientras el creciente solar se hacía cada vez más pequeño, abajo ocurría otra transformación. La luz comenzaba a resultar extraña, perdía intensidad y el ambiente se alejaba poco a poco de una tarde normal.

No era todavía la oscuridad de la totalidad, pero el paisaje empezaba a anunciar que algo excepcional estaba a punto de suceder.

Una fina hoz antes de la oscuridad

Poco antes de la totalidad, del Sol queda aparentemente una finísima hoz luminosa.

Es uno de los momentos en los que más rápidamente cambian las condiciones de exposición y también uno de los más delicados para el fotógrafo. El disco solar sigue siendo peligrosamente brillante aunque a simple vista parezca quedar muy poco de él.

NASA insiste precisamente en este punto: el filtro solar debe mantenerse durante toda la fase parcial, incluso cuando solo permanece visible una estrecha fracción del Sol.

La hoz se estrecha todavía más.

En cuestión de segundos, las irregularidades del relieve lunar comienzan a cobrar protagonismo. La Luna no tiene un borde perfectamente liso: montañas y valles permiten que los últimos rayos solares atraviesen determinados puntos mientras otros quedan ya ocultos.

Es el escenario que inmediatamente antes y después de la totalidad puede dar lugar a las conocidas perlas de Baily, pequeños puntos luminosos originados cuando la luz solar pasa a través de los valles del borde lunar.

Entonces llegó el momento para el que Diego llevaba semanas preparándose...Y depronto el plan falló.

Cuando llegó la totalidad, empezó el caos

Para la fase total había programado en una de las cámaras un horquillado: una secuencia automática de fotografías tomadas con diferentes exposiciones para poder registrar una escena con un rango de luminosidad enorme.

No funcionó.

Mientras intentaba solucionarlo, perdió el foco del Sol justo cuando comenzaba la ocultación total. “No me quedó más remedio que coger rápidamente la otra cámara, que no tenía filtro instalado, para disparar a pulso la fase de la totalidad”.

Fue ajustando ISO y velocidad prácticamente segundo a segundo.

Todo aquello que debía ser la parte más controlada del eclipse acabó siendo la más improvisada. Pero esos momentos son en los que la experiencia se impone para crecerse ante las adversidades. 

Y entonces apareció esto:

Durante la totalidad, la fotosfera —la superficie visible del Sol y responsable de casi toda la luz que percibimos normalmente— queda oculta por la Luna. Entonces puede aparecer algo que habitualmente permanece ahogado por ese resplandor: la corona solar, la atmósfera exterior de nuestra estrella, extendiéndose alrededor del disco lunar como un halo irregular. La NASA la define precisamente como la región más externa de la atmósfera solar, observable desde tierra durante un eclipse total.

En la fotografía de Diego aparecen estructuras de distinta intensidad que parecen escapar del borde negro de la Luna. No es un anillo sólido: la corona está formada por plasma cuya distribución responde en buena medida al complejo campo magnético solar.

Esos puntos rojos no son fuego

Hay que detenerse en esta imagen.

En el borde izquierdo del disco lunar sobresale una estructura intensamente rojiza. Diego habla de las “llamaradas solares” que descubrió al revisar posteriormente sus imágenes. Astronómicamente, la denominación más precisa para lo que vemos aquí es prominencia solar.

Las prominencias son enormes estructuras de plasma sostenidas por los campos magnéticos del Sol, ancladas en la fotosfera y extendidas hacia la corona. Durante un eclipse total pueden aparecer como formas rosadas o rojizas alrededor del borde del Sol oculto.

Su espectacular color tampoco necesita pintura digital.

Mientras la brillante fotosfera permanece escondida detrás de la Luna, determinadas emisiones de la cromosfera y de las prominencias pueden hacerse mucho más evidentes, mostrando esas tonalidades rojizas características.

Y precisamente aquí entra otra decisión importante de Diego: cómo editar después estas fotografías.

Fotografiar la luz que estaba allí

Casillas se define como bastante conservador a la hora de procesar astrofotografías.

No acostumbro a cambiar la temperatura del color para sacar colores diferentes”, explica. Una cámara puede registrar en exposiciones determinadas información luminosa que nuestros ojos no llegan a distinguir de la misma manera, pero su criterio consiste en no transformar esa información buscando un resultado más espectacular.

Para estas imágenes decidió trabajar fundamentalmente exposición, luces y sombras, manteniendo el aspecto cromático que había registrado la cámara.

He visto algunas con tonos rosáceos, incluso azules, que creo que no hacen justicia a la realidad. El resultado es muy fantasioso, más que fantástico, para mi gusto”.

Es una elección estética —no una regla universal de la astrofotografía—, pero ayuda a entender la coherencia visual de toda esta serie.

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Y mientras Diego peleaba con velocidades, ISO y enfoque, alrededor suyo había otro eclipse.

El de quienes habían dejado de mirar cámaras y pantallas y simplemente estaban mirando hacia arriba.

La primera luz vuelve

La totalidad termina de una manera tan súbita como comienza.

El borde del Sol reaparece por detrás de la Luna y la oscuridad empieza a retirarse.

En estas fotografías vuelven a hacerse evidentes las prominencias alrededor del limbo y comienza a entrar la luz directa de la fotosfera por uno de los extremos.

Es el tercer contacto del eclipse: el instante en el que la Luna deja de cubrir completamente el Sol y finaliza la totalidad.

Y pocos segundos después llega una de las imágenes más reconocibles de cualquier eclipse total.

El anillo de diamantes

Cuando únicamente un pequeño punto de la fotosfera reaparece mientras parte de la corona continúa siendo visible alrededor del disco negro de la Luna, se produce la ilusión de un enorme anillo con una piedra brillante.

Es el llamado efecto de anillo de diamantes.

La geometría irregular del relieve lunar tiene mucho que ver con esos últimos o primeros destellos: la luz consigue atravesar valles del limbo de la Luna antes de que una porción mayor del Sol vuelva a quedar descubierta. NASA describe este fenómeno tanto al comienzo como al final de la totalidad.

Para Diego fue precisamente una de las sorpresas que llegaron más tarde, frente al ordenador:

Más mágica y digna de la mejor escena de una película de ciencia ficción es ver cómo has conseguido captar la primera luz del Sol que aparece tras la ocultación, con eso que conocemos como el anillo de diamantes. Es como si fueses navegando por el espacio hacia el Sol. Lo ves tan cerca…”.

Los fotógrafos viven el eclipse dos veces

Después quedaba revisar el material. Y, como Diego ya suponía, fue entonces cuando el eclipse comenzó por segunda vez.

En la pantalla pudo detener aquello que el 12 de agosto había sucedido demasiado deprisa: observar la prominencia, ampliar el borde lunar, estudiar la corona y quedarse quieto frente al instante exacto en el que la luz del Sol regresó.

Los fotógrafos tenemos la suerte de vivir las cosas como mínimo dos veces. Una al tomar la fotografía y otra, a cámara lenta, al editarla”.

Pero para él todavía queda una parte del eclipse que ninguna cámara puede registrar por completo.

“No se trata solo de verlo”, cuenta. “Es también verlo con las personas a las que quieres de verdad, ahí a tu lado. Ver sus caras, escuchar la admiración que sale de sus bocas, sentir incluso cómo se les pone la piel de gallina y los pelos de punta”.

Quizá esa sea la única parte del eclipse que no necesita exposición, enfoque ni edición.

Después de años esperándolo, minutos preparándolo y segundos intentando atraparlo, el 12 de agosto quedó guardado en las tarjetas de memoria de Diego Casillas. Pero también, y sobre todo, en la memoria de quienes estaban allí.