Dólmenes bajo el cielo. Arqueoastronomía sobre el equinoccio

Astronomía

Dólmenes bajo el cielo. Arqueoastronomía sobre el equinoccio

El cosmos y las nociones del tiempo quedaron plasmadas en la arquitectura funeraria de sociedades que habitaron la Península Ibérica hace miles de años.

En este artículo, mi objetivo es tratar dos temas de rabiosa actualidad: el fin del verano y los dólmenes. A estas alturas del año mucha gente ha dicho adiós a sus vacaciones y las clases han comenzado para disgusto de miles de estudiantes. Tiempos difíciles. Además, si reparamos en el sol que nos ha chamuscado durante el verano comprobaremos que cada día se ve más bajo sobre el horizonte y que los días empiezan a acortarse. ¿Un mal presagio? ¿Un inevitable efecto del movimiento de la Tierra alrededor del sol?

Estoy segura de que habéis elegido la opción B, pero ésta no siempre ha sido la visión predominante. Para muchas culturas era el sol el que se movía alrededor de la Tierra (bueno, también para los modernos terraplanistas) y en ocasiones las variaciones en su visibilidad se atribuían a motivos más divinos que físicos. La realidad es que el eje de rotación de la Tierra está inclinado 23,5º respecto al plano de su órbita alrededor del sol de modo que a lo largo de su periplo anual en torno a nuestra estrella, la Tierra no recibe la misma cantidad de luz en toda la superficie. El efecto de esto son las estaciones.

En la zona de la Tierra al norte del ecuador (hemisferio norte), a partir del 21 de junio (solsticio de verano) las horas de luz se van reduciendo progresivamente hasta el solsticio de invierno, el 21 de diciembre. Pero antes, el 23 de septiembre, se producirá el equinoccio de septiembre dando comienzo al otoño en Extremadura (España, hemisferio norte) y a la primavera en Ollantaytambo (Perú, hemisferio sur). Hay dos equinoccios en el año (en marzo y septiembre) que marcan el inicio de la primavera y el otoño, respectivamente, al norte del ecuador y al contrario en el hemisferio sur; donde el otoño comienza en marzo y la primavera en septiembre. Son relativamente fáciles de identificar porque en esos momentos el día y la noche duran lo mismo. De hecho, equinoccio viene del latín aequinoctium (aequus nocte), que significa noche igual. Además, si tenemos un horizonte plano alrededor, en los equinoccios veremos que el sol sale y se pone justo por los puntos cardinales este y oeste, algo que no sucede el resto del año.

La Tierra en el equinoccio./ Crédito: Wikipedia.

Aunque suene friki, el otro tema "de rabiosa actualidad" son los dólmenes. Al decir que los dólmenes están de moda no me refiero a que sean la última tendencia en la industria funeraria. En los últimos meses han aparecido varias publicaciones y reportajes sobre megalitismo, principalmente en Extremadura motivadas por el resurgir de las profundidades del embalse de Valdecañas del dolmen de Guadalperal (Peraleda de la Mata, Cáceres), presentado en muchos medios con el título no exento de cierto sensacionalismo de Stonehenge español. Como el sol, los equinoccios y los dólmenes son un interesante campo de estudio de la arqueoastronomía, era inevitable tratar el tema.

Arqueoastronomía: piedras, estrellas y culturas

La palabra dolmen proviene del bretón y significa mesa grande de piedra, por su forma típica basada en losas de piedra clavadas en el suelo (llamadas ortostatos) y otra a modo de cubierta (que sería la "tabla de la mesa"). Los dólmenes son monumentos funerarios megalíticos (de piedras grandes) de miles de años de antigüedad que servían de enterramientos colectivos de una comunidad y en ocasiones también como lugares de culto, por lo que es probable que su localización se escogiera en lugares considerados sagrados. Algunos conjuntos como el de Valencia de Alcántara aparecen en torno al 4000 antes de nuestra era, aunque muchas tumbas han sufrido reutilizaciones sucesivas. Poseen una entrada por la que se accedía a la cámara funeraria, donde se realizaban los enterramientos o los ritos de rigor, y la porción de horizonte hacia la que miran dichos accesos determinan la orientación de cada dolmen.

Dolmen Zafra III (Valencia de Alcántara, Cáceres)./ Crédito: Andrea Rodríguez Antón

Hay centenares de estas construcciones en la Península Ibérica concentradas en la zona norte, sur y occidental. El estudio de estas orientaciones tiene ya décadas de trayectoria reflejadas en trabajos de referencia como el del profesor Michael Hoskin (Universidad de Cambridge), que incluye casi un millar de monumentos megalíticos y que ponen en evidencia que, junto con los estudiados en diferentes regiones de Europa Occidental, estos dólmenes se orientan en su mayoría hacia levante coincidiendo con la posición de la salida del sol en algún momento del año, o de la luna. ¿Casualidad?

Desafortunadamente, quienes erigieron estas tumbas no dejaron evidencias escritas de sus intenciones así que solo queda estudiar los restos arqueológicos y la orientación de conjuntos de dólmenes, cuanto más numerosos mejor, en una misma región para discernir si la posición de algún astro determinó dónde colocar las entradas. El hecho de que en una misma región los dólmenes miren hacia un mismo punto puede deberse a que el diseño estaba condicionado por la topografía -por ejemplo, si todos están sobre la misma ladera de una montaña se orientarán de forma similar-, porque su referencia es algún elemento del paisaje como una montaña sobresaliente -como el caso del dolmen de Menga (Antequera, Málaga) hacia la Peña de los Enamorados- o bien porque la motivación es astronómica. En este último grupo se pueden incluir conjuntos como el de Valencia de Alcántara (Cáceres) o el de la antas de siete piedras del Alentejo y Extremadura.

Expertos en arqueoastronomía como Juan Antonio Belmonte Avilés (Instituto de Astrofísica de Canarias), Clive Ruggles (Universidad de Leicester) o C.M. da Silva (Centro Interuniversitário de História das Ciências e da Tecnología), entre otros, han realizado trabajos en estas estructuras encontrando una clara consistencia en su orientación. El hecho de que dicha consistencia se mantenga a largo de cientos de kilómetros apunta a que debió existir una referencia común, y que ésta debía estar en el cielo y no en la Tierra. Seguramente en el sol o en la luna. En particular, en el conjunto de Valencia de Alcántara se halló una tendencia hacia la salida del sol en fechas importantes para la vida como los días inmediatamente posteriores al equinoccio de marzo o los anteriores al de septiembre, coincidiendo con época de lluvias o de su comienzo, respectivamente. Sin embargo, aunque difícil de diferenciar a falta de textos que lo corroboren ya que posiciones de sol y luna coinciden en un amplio rango del horizonte, otra propuesta verosímil es que fuera la luna y no el sol la que guió a los constructores de estos dólmenes.

Éstos no son casos aislados. El arqueoastrónomo A. César González García (Incipit-CSIC) analizó la orientación de más de 1000 dólmenes en la Península Ibérica divididos en grupos según su proximidad geográfica y de nuevo encontró similitudes en la orientación de los monumentos pertenecientes a un mismo grupo. Pero además, las direcciones predominantes que halló también podrían tener una explicación astronómica.

El hecho de que existan patrones de orientación bien definidos podría tener un sentido ritual, quizás porque permitía determinar una fecha importante para esa sociedad, por ejemplo mediante la entrada de la luz a la cámara sepulcral en un día concreto. En el caso de Valencia de Alcántara, el pasado equinoccio de septiembre (2018) se pudo disfrutar en directo del fascinante fenómeno de iluminación producido en el dolmen Zafra III a la salida del sol a través del canal online sky-live.tv. También en el equinoccio de marzo de este año la estampa embelesante del amanecer del 19 de marzo en el dolmen de Lácara (la Nava de Santiago, Badajoz) captada por el astrofotógrafo Juan Carlos Casado mereció el título de foto astronómica del día de la NASA (APOD). Estas imágenes que aún nos cautivan tendrían un profundo significado religioso o bien habrían servido para establecer el comienzo de un nuevo ciclo o actividad anual. “Al gestionar lo que está arriba se gobierna lo que está abajo”, sostuvo José Saramago en su obra ‘Las intermitencias de la muerte’.

Salida del sol del equinoccio de marzo de 2019 desde el dolmen de Lácara (La Nava de Santiago, Badajoz). NASA Astronomy Picture of te Day (APOD) del 19 de marzo de 2019./ Créditos: Juan Carlos Casado.

A partir del estudio del diseño y localización en el terreno de estos monumentos podemos intuir entonces ciertos rasgos del pensamiento y las creencias sobre la naturaleza y el universo de estas sociedades, que los dejaron plasmados con su forma particular de transformar el paisaje. En este caso, mediante la construcción de grandes tumbas con las que apropiarse del territorio y dotarlo de significado crearon algo que ya he mencionado en anteriores publicaciones: un paisaje cultural.

El hecho de que la astronomía condicionara dicha construcción nos habla, además, sobre la ritualidad en torno a la muerte. También acerca de la visión del espacio circundante que poseían estas sociedades, integrado por el territorio local junto con el cielo, cuyos cambios cíclicos se introdujeron de algún modo y con cierta intencionalidad en espacios tan importantes para todas las culturas como son los dedicados a los difuntos. Dime cómo mueres (y dónde vas a pasar el resto de la eternidad) y te diré quién eres.

Entonces, ¿hablan las piedras? Sin duda. Y agudizando el oído cuidadosamente seguiremos escuchando historias de esos antepasados milenarios, siempre y cuando estos prehistóricos "discos duros" se pongan en valor y se conserven.

Andrea Rodíguez Antón

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